¿Decepción? ¡No, gracias!

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¿Decepción? ¡No, gracias!
¿Decepción? ¡No, gracias!

Todos sufrimos decepciones, en nuestras relaciones personales, en nuestro trabajo… A veces éstos pequeños fracasos van creando cierta frustración, y o bien merman la autoestima o forman cierto resentimiento contra los posibles culpables.

La tendencia habitual es “echar balones fuera”, es decir, culpar de nuestras decepciones a otros. Buscar culpables fuera es la manera más común de salvarnos a nosotros mismos.

Pero la realidad es otra bien distinta. Una decepción se debe en el 100% de los casos, a un desequilibrio entre las expectativas que me generamos y la realidad que luego se impone. Muchas veces elaboramos unas altísimas expectativas, que al confrontar con lo concreto, con lo real, se ven rotas. Este es el origen de las decepciones.

¿Alguien no te trata como esperabas? Y… ¿por qué iba a hacerlo? Los demás son como son, no como queremos que sean.

¿Tu trabajo no tiene la repercusión que deseabas?… Tendrás que revisarlo, quizás no era el trabajo adecuado o le valorabas por encima de lo real.

¿No eres querido como necesitas?… ¿Quieres como necesitan los demás?

No busquemos culpables fuera. Las decepciones provienen de una mala elaboración de expectativas propias. Aprendamos a crearlas correctamente,  y a asumir que no debemos esperar de los demás más de lo que esperamos de nosotros mismos.

Resumiendo, los culpables de nuestras decepciones somos nosotros mismos, pero también en nosotros está la solución. Buscar culpables no es alternativa.

Equivocarse no es malo, lo malo es no reconocerlo. La decepción es una alternativa cobarde. Aprendamos de nuestros errores para no volver a cometerlos y no culpemos a los demás de ellos.

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