— Carlos Matabuena

Cada paciente es un mundo, una historia, una familia… una porción preciosa de humanidad, de recuerdos, de emociones, de proyectos. Muchos de ellos han quedado truncados, alterados por algo que siempre nos resulta inesperado cuando llega en primera persona: la enfermedad.

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La nostalgia es una sensación agridulce… y equívoca. Nos transmite sutilmente la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor (Jorge Manrique). Consigue que olvidemos los malos momentos de antaño para envolver el ayer en una neblina suave de felicidad perdida.

Por otro lado nos aferramos a la esperanza, confiados en que el futuro nos deparará instantes de mayor felicidad que la actual. Muy frecuentemente hilvanamos, tejemos y llenamos el futuro de proyectos que en su mayoría no verán la luz. Creemos que si conseguímos ésto o aquello seremos más felices y ahogaremos la insatisfacción presente.

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En toda organización, en todo grupo humano hay una inercia. Cualquier novedad que pueda afectar el “status quo” y las relaciones de poder dentro de la misma, se tiende a percibir como una agresión o como un peligro. Esto sucede mucho más y casi de forma invariable, si la iniciativa no parte de la cúpula sino de la base de la organización.

Lo mismo ocurre en las empresas, organizaciones e instituciones, tanto de caracter público como privado (quizás más en las primeras), en las que la innovación, la originalidad, las nuevas ideas, los nuevos proyectos, las tendencias emergentes se estiman más como un peligro que como una oportunidad.

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